Mar/16

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Texto de presentación de la segunda edición de ‘El Habla de Ubrique’, por Pedro Bohórquez Gutiérrez

Bartolomé Pérez Sánchez de Medina, junto a Pedro Bohórquez Gutiérrez.

Bartolomé Pérez Sánchez de Medina, junto a Pedro Bohórquez Gutiérrez.

Texto: Pedro Bohórquez Gutiérrez

Buenas tardes a todos los asistentes al acto de presentación de una nueva edición revisada y ampliada de El Habla de Ubrique de Bartolomé Pérez Sánchez de Medina. Para mí es un motivo de satisfacción y un honor participar en este acto. Lo es por muchas razones.
Pertenezco a una de las numerosas promociones de alumnos ubriqueños a los que Bartolomé Pérez impartió la asignatura de Lengua y Literatura españolas. Tuve la suerte de tenerlo como maestro de esta asignatura y de la de Francés durante tres cursos en la recién inaugurada por entonces Escuela Redonda, por acogerme a la toponimia popular y no a la siniestra que regía en esos años postreros de la dictadura.
De esa experiencia, en unos años en los que despertábamos de la infancia, guardo muy buen recuerdo. Uno no sabría calcular la influencia que un maestro puede ejercer en nuestras vidas. Ésta, las más de las veces, parece que el tiempo la diluye y va cayendo en el olvido.
Sin embargo, en el caso de Bartolomé no ha sido así, y no por casualidad. En su caso, puedo decir cuánto y de qué manera duradera ha ejercido influencia en mí: sin él proponérselo y sin ser uno consciente, sino de una manera confusa y mezclada con otros influjos y estímulos familiares, contribuyó a la elección del derrotero por el que discurre hoy mi vida profesional. Algo debió de influir -no me cabe duda- en mi elección de los estudios de Filología Hispánica y, como docente, sus clases, de las que guardo un recuerdo vivo, siguen siendo un referente y un modelo ideal –aunque a veces nos sintamos lejos de alcanzarlo– al que tender en el quehacer diario.

Pedro Bohórquez Gutiérrez, durante su intervención.

Pedro Bohórquez Gutiérrez, durante su intervención.

Bartolomé, como maestro y profesor –es mi experiencia y otros muchos podrán corroborarla– ponía pasión y alma en su labor. La curiosidad y el amor por el conocimiento de la lengua y la literatura prendían por contagio en sus alumnos, tal era y es su entusiasmo. La lengua nunca era en sus clases árida y seca erudición. Como maestro nos familiarizó con los términos abstrusos para nuestras mentes en fase de maduración de la gramática y la lingüística modernas, supo mostrarnos los mecanismos internos del funcionamiento de la lengua, diseccionarla, pero también, y esto es lo importante, entroncarla con la vida. Las explicaciones de Bartolomé en las clases de lengua se bifurcaban por caminos infinitos, donde se mezclaban la literatura, la historia, la música, la experiencia de la cultura como una inacabable aventura, caminos que por imprevisibles nos mantenían absortos y encandilados. A veces reclamaba nuestra colaboración para encontrar el hilo de la argumentación originaria que aparentemente se había perdido y al que siempre se regresaba. Uno nunca se aburría ni se dormía en unas clases que tenían el raro don de la amenidad.

Como profesor de literatura –aunque, como digo la faceta de lingüista era en él inseparable de sus saberes literarios– sabía desplegar ante nosotros la existencia de un vasto universo. Hacía que la literatura española no nos pareciera letra muerta. Nos infundía el estímulo para adentrarnos sin temor en sus textos y sabía allanar, con sus comentarios, las dificultades para que el placer de la lectura se abriera paso espontáneo en nosotros. Son muchos los autores que conocimos de su mano y a los que hemos vuelto y seguiremos volviendo una y otra vez. Tengo algunos en mi memoria.

Bartolomé Pérez, en fin, nos proporcionó como profesor un bagaje de conocimientos y saberes sólidos para enfrentarnos a futuros estudios, y alentó en muchos el gusto por la aventura de leer, al tiempo que nos empujaba y animaba a adentrarnos por los laberintos de la escritura, incentivando la creatividad y el cultivo de la imaginación.

Con lo dicho queda aclarado por qué es para mí un motivo de satisfacción el participar en este acto, una ocasión que quiero aprovechar para dejar constancia de mi agradecimiento a Bartolomé Pérez como maestro, agradecimiento al que me gustaría que se sumaran muchos de los que están aquí presentes y fueron sus alumnos. Ahora que circula una iniciativa para solicitar para Bartolomé Pérez la declaración de Hijo Predilecto de Ubrique, aprovecho para decir que hay razones de sobra, saltan a la vista y no tendría que ser necesario que se sustentasen en ninguna petición. Se impone, esa declaración, por la dimensión humana e intelectual de la persona para la que se reclama.

Nos reunimos esta tarde en torno a Bartolomé para celebrar la segunda edición ampliada de El Habla de Ubrique. Se trata de una reedición a la que se le ha añadido una adenda o apéndice. Es, en esencia, el mismo libro, pero no exactamente si tenemos en cuanta la incorporación de una serie de palabras sobre cuyos orígenes ha indagado el autor con el mismo rigor que posee el conjunto del libro. Y no podía ser menos, pues la tarea de recoger y estudiar el léxico propio de un habla, un organismo vivo y en continua aunque lenta transformación, es una tarea ingente y nunca concluida que Bartolomé tuvo la audacia de emprender con las armas de su saber, su contrastada solvencia investigadora, y el amor y la curiosidad por las cosas de su tierra.

Los orígenes de El Habla de Ubrique se remontan a una serie de artículos que el autor fue desgranando durante un tiempo en El periódico de Ubrique, a mediados de los noventa, donde fue dando a conocer los primeros frutos de sus indagaciones sobre el habla local.

El Habla de Ubrique no es un libro improvisado a pesar de estar escrito originariamente al calor de una publicación periódica y volandera. Tampoco es, aunque pueda parecer paradójico por su título, una obra localista, o al menos no exclusivamente.

El autor no se ha limitado a ofrecer una recopilación al uso –de los centones que abundan con la pretensión de recoger el vocabulario de las hablas específicas de pueblos y ciudades– de palabras con sabor más o menos local. Lo que el autor nos ofrece es el resultado de un estudio científico en la medida en la que la Filología es una ciencia y el método y las herramientas que ha utilizado lo son. En este sentido, afirmo que la obra es algo más que una obra localista, aunque lo sea también, por suerte, para disfrute y goce de quienes se sientan ubriqueños o deseen acercarse a nuestra pequeña historia. Me atrevo a decir que El Habla de Ubrique constituye un modelo de cómo abordar el estudio de las hablas locales, tan necesario y previo para el conocimiento de “ese conglomerado heterogéneo”, en palabras del autor, que constituyen “las hablas andaluzas”.

El Habla de Ubrique ofrece un estudio exhaustivo y completo del lenguaje de los ubriqueños: la fonética, la entonación, la gramática y el léxico, al que se añaden un apéndice sobre su toponimia y la de sus alrededores, y un repaso por algunas de las tradiciones locales y su huella en algunos dichos o frases hechas.

La parte dedicada al Léxico, la más extensa y quizás la que despierta mayor interés en el lector, recoge un “pechada” de términos –por utilizar uno de los que incluye el libro– sin limitarse a consignar su mero significado. En la mayoría de los casos, el autor nos apunta su posible origen etimológico y nos señala si el término en sí o aquel del que procede está recogido o no en DRAE. Asimismo se nos ofrecen sus transcripciones fonéticas y se ejemplifica en la mayor parte de los casos su uso con frases que solo en contadas ocasiones son invención del autor. Se trata de frases que, demostrando un muy buen oído, el autor –melómano y poeta– ha recogido al vuelo de conversaciones con personas mayores, o en las encuestas realizadas como trabajo de campo previo. Algunas de estas frases no tienen desperdicio. Copio al azar “antier tarde estuvimos en la boda de mi primo; llegamos muy temprano, y a la hora o cosa así empezó a entrar pimporrada de gente que no paró hasta que los novios llegaron al patio de la entrada”. Son estos ejemplos, auténticos y espontáneos microrrelatos de los que está plagada el habla popular.

Leyendo las entradas del Léxico de El Habla de Ubrique, reparamos en una cuestión. La importancia de este libro no se limita a dejar testimonio de un vocabulario en muchos casos en trance de desaparición por la estandarización que los medios de comunicación, el escaso hábito lector y la pérdida del gusto por la conversación y la tertulia con tiempo por delante imponen a la lengua cotidiana. El conjunto de términos nos remite a unas formas de vida, a un pasado no tan lejano, y a una antropología, que conforman nuestra pequeña historia comunitaria.

Transitar por El Habla de Ubrique brinda al lector corriente la posibilidad de recrearse en las nostalgias de nuestra pequeña historia. Pero para el estudioso es además una obra llena de sugestiones y que esboza numerosos caminos para futuras investigaciones lingüísticas y etnográficas. Pues como dije al principio la labor que ha emprendido audazmente Bartolomé nunca se cierra del todo.

Otra cuestión que me gustaría destacar: El Habla de Ubrique es la constatación de una riqueza lingüística de la que podemos enorgullecernos. Así se lo he oído decir al autor, y es fácil estar de acuerdo leyendo su estudio, que avala fundadamente dicha afirmación. Desmiente cualquier tópico sobre la pobreza de las hablas rurales, y demuestra la plasticidad, riqueza y expresividad de las hablas andaluzas. Hay que agradecer al autor su contribución a que este léxico compartido no sea engullido por el olvido.

A quienes no tuvieron la dicha de disfrutar de El Habla de Ubrique en su primera edición, les animo a hacerlo ahora. Es un libro para saborear a pequeños sorbos, que les deparará gratas y agradables sorpresas y que, seguramente, les hará reencontrarse con su niñez y el recuerdo de sus mayores. Y por favor, no se pierdan el paseo por Ubrique y sus alrededores a través de su toponimia y de la mano de Bartolomé. Será un viaje entretenido y una amena excursión por nuestro pasado y por nuestro presente. La geología y geografía se animarán, el pasado se nos desplegará no tan lejano, el nombre de los lugares nos descubrirá sus pequeños y grandes secretos, y el paisaje de este hermoso rincón de las sierras andaluzas se poblará de voces y de ecos.

Nuestro viaje entretenido será simultáneo por el espacio y por el tiempo, y no se detendrá en el presente. Apunta hacía un futuro ideal al que, generosamente, Bartolomé Pérez Sánchez de Medina no renuncia, un futuro que integre lo mejor de nuestro pasado y el de quienes nos precedieron, y que es indisoluble con la conservación de la belleza de este pequeño rincón del planeta que nos acoge.

No me resisto a trascribir un pasaje de este paseo ameno y entretenido con Bartolomé Pérez Sánchez de Medina, texto aún vigente, aunque escrito hace más de quince años, y que apunta hacia ese futuro posible del que hablo. Se refiere a las ruinas del Rodezno: “Ahora da una sensación de repulsa por un lado y, por otro, de esperanza, ver la ruina en que se encuentran el Rodezno con su molino y sus aledaños. He dicho esperanza porque el Rodezno podría habilitarse como –qué digo yo– museo del agua, pues batanes, tenerías y tahonas de trigo y de aceituna (Majaceite)…, han funcionado gracias a esta agua durante muchísimo tiempo”. Que así sea.

Y no me extiendo más.

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